Modales, moda, modalidad... son términos emparentados, que derivan del latín modus-i. En una acepción general, "modus" puede entenderse como la forma que adquiere el ser o, mejor, los modos en que se representan los entes. Los lógicos medievales clasificaban los modos en dos categorías: "del decir" y "del ser".
La lógica modal contemporánea destaca los siguientes: "posible", "imposible", "contingente", "necesario", "prohibido", "obligatorio", "permitido". Los cuatro primeros se refieren al ser y la verdad; los otros, a la acción. Los modales y los modos son impuestos por el conjunto de creencias, valoraciones, juicios, prejuicios, usos y costumbres.., que constituyen la cultura o cosmovisión en la que cada sociedad vive. Allí se fundamenta el gusto o disgusto, la aceptación o repugnancia de los modos y modales.
Obsérvese que el modo, los modales y la modalidad son la forma en que las cosas y las personas se aparecen; no lo que son de verdad. Esa apariencia, que puede vincularse estrechamente con lo que realmente se es o estar muy alejada de la realidad, abarca el amplio espectro que va desde lo verdadero a lo falso y de la autenticidad a la hipocresía. La apariencia o modo de ser no necesariamente emana del objeto. Con frecuencia, el modo de conocer y valorar los objetos que una determinada cultura posee engendra la confusión entre lo que ese objeto es y su apariencia.
Voy a dar un ejemplo histórico, ya clásico. El oro para los incas tenía un valor estético y espiritual, propio de los rituales religiosos. Para los conquistadores europeos, sólo representaba un valor material, económico. Es de imaginar la extrañeza y repugnancia que provocaría en los amautas incas la ignorancia y codicia occidental. Con la globalización, la cultura occidental se expandió por el planeta y lo económico se constituyó en el modo básico de todos los modales y modalidades.
Aún sobreviven, sin embargo, reductos no deshumanizados donde todavía rige la distinción kantiana que afirma: "las cosas tienen precio; las personas, dignidad". Este principio provocará extrañeza, sonrisas o una estruendosa hilaridad en el mundo donde todo se estima desde la hipótesis económica de la oferta y la demanda.